“Entonces Enkidu abrió la boca y dijo Gilgamesh:
‘Amigo mío, hemos triunfado’...
Entre la cerviz y los cuernos hundió su espada,
Muerto el Toro Celeste, le arrancaron el corazón
Y lo ofrecieron al dios Shamasash
Luego, se sentaron como dos hermanos”
Epopeya de Gilgamesh 2500 a.C
Es normal incluso deseable que no todos estemos de acuerdo en las mismas cosas. Lo que no es bajo ningún punto de vista deseable ni aceptable es que se intente imponer nuestros criterios sobre los de los demás.
Y eso desgraciadamente ha pasado, pasa y pasará siempre en este viejo, complejo y difícil país nuestro.
España siempre ha sido plural y eso sin lugar a dudas es bueno y como decíamos antes incluso deseable pero si hay comprensión y respeto, lo triste es que en muchas ocasiones esto no existe, primando la descalificación verbal cuando no la violencia física para reafirmar nuestras convicciones.
Son cientos los ejemplos que podemos ver y uno de ellos es el Toro, y todo lo referente a la llamada Fiesta Nacional.
Que lamentable es ver la postura cainita que muchos españoles adoptan invistiéndose de un fundamentalismo talibán en el acoso, que afortunadamente no derribo, de una de nuestras mas sentidas y queridas tradiciones.
¿Por qué prohibir lo que no gusta a unos cuantos?, no es mas práctico y tolerante limitarse a no participar y dejar en paz a los que conocen, viven y disfrutan con la fiesta.
En realidad la polémica sobre la licitud y conveniencia de este espectáculo no es aunque creamos ni mucho menos nueva. Ahora es Cataluña, quizás por razones oportunistas de bandería política la que vuelve a sacar la polémica, como hace unos años eran parlamentarios europeos de diverso jaez los que acudieron al Parlamento europeo con ánimo de acabar con nuestra muy antigua y tradicional fiesta.
Tres han sido las razones que en los últimos siglos se han venido defendiendo para oponerse a los toros.
Así podemos observar razones de orden religioso, de orden económico y razones de sensibilidad.
Sin lugar a dudas estas últimas, son fundamentalmente las que defienden los detractores actuales, pero las otras dos razones fueron defendidas así mismo con rotundidad y vehemencia en los pasados siglos.
Así en el siglo XV como se relata en la monumental obra de El Cossío, encontramos al gran teólogo y canonista el Cardenal Juan de Torquemada como gran opositor del espectáculo de correr toros bajo el argumento de la ofensa que supone a Dios el asumir el riesgo de morir voluntaria e innecesariamente por quien se expone al juego del toro, así como los excesos y pecados ocasionados por los que presenciaban el espectáculo por su complicidad culpable con el riesgo ajeno y el disfrute inmoral en la vista de la sangre y de la muerte, sin olvidar la promiscuidad de sexos en las gradas, la violencia y el escándalo, todo ello con grave perjuicio del alma cristiana.
Otro gran detractor fue ya en esta temprana época el arzobispo de Valencia Tomás de Villanueva, que criticó severamente que se celebrasen además estos espectáculos en muchísimas ocasiones votivamente en honor de algún santo patrón.
Defensores de peso del espectáculo también los hubo sin duda, como el célebre teólogo de la universidad de Alcalá D. Juan de Medina.
La polémica pues estaba servida.
Esta contienda teológica y de buenas costumbres llegó muy lejos, incluso llegó a que diversos Papas intervinieran en la cuestión.
Así el pontífice Pío V publicó en 1567 su famosa bula “De salutis gregis dominisi” en la que amenaza a los fieles seguidores de este espectáculo con la excomunión.
Fue tan violento el ataque a unos espectáculos ya tan arraigados en el pueblo que se dice que el muy religioso Felipe II gran conocedor de su gente y que veía lo exagerado de la posición y el grave perjuicio que su incumplimiento hacía a la autoridad de la iglesia, que llegó a decir aquello de “ si prohíben toros que corran vacas”. El papa Gregorio XIII moderó el rigor de la bula de su antecesor excluyendo de tal pena canónica a los legos, en su “Exponis nobis super” de 1575. Sixto V vuelve a endurecer la norma que a su vez Clemente VIII su sucesor en la silla de San Pedro por la “Suscepti numeris” vuelve antes de finalizar el siglo a dulcificar.
Es de imaginar lo que supusieron en el ambiente sumamente religioso del siglo XVI estas disposiciones papales tan contradictorias y desorientadoras.
Así podemos imaginar un auténtico juego de niños las polémicas suscitadas en el Parlament catalá, frente a las discusiones escolásticas y bizantinas de apologistas declarados de la fiesta y detractores recalcitrantes antitaurinos como lo fueron el jurista Juan Yáñez Parladorio y el padre Juan de Mariana.
La polémica perduró durante todo el siglo XVII destacando en su censura el trinitario Fray Manuel de Guerra y Rivera.
Pero no creamos que las discusiones quedaron solo en el ámbito importante aunque reducido de la teología y el derecho. Sabemos que trascendió también al campo literario, aumentando si cabe su conocido encono y rivalidad, entre D. Francisco de Quevedo curiosamente detractor de la fiesta del toro, y D. Luis de Góngora gran aficionado al espectáculo del rejoneo que cada vez ganaba mas adeptos frente al alanceo a caballo o a pié quieto del animal astado al uso en el siglo anterior.
La defensa y censura por causas de orden económico, la vemos también en época muy pretérita, así el licenciado Gabriel Alonso de Herrera en su “Agricultura General” de 1513, habla de los beneficios y utilidades del toro para la economía del campo, aunque abomina del dolor y el tormento del animal.
La relación que el hombre peninsular tuvo con el Uro, el antecedente del toro bravo, se pierde en la noche de los tiempos, pasando de la representación de su caza para alimento a la mitología.
El primer mito táurico nos lleva a uno de los primero reyes hispánico, el tirano Gerión del que cuenta la mitología griega poseía enormes rebaños de toros y vacas bravas en sus dominios de la bética peninsular.
Representaciones de toros podemos ver en España en decenas de lugares y objetos. En el paleolítico inferior se cazaba el toro habiendo quedado reflejado este en Altamira (Cantabria), Albarracín (Teruel), Alpera y Minatera (Albacete) o La Janda (Cádiz), y en tiempos primitivos pero ya históricos lo vemos representado como animal sin lugar a dudas sagrado en esculturas como los toros de Guisando (Ávila) o de Balazote (Albacete).
El culto al dios oriental Mitra que trajeron consigo las legiones romanas impulso si cabe mas el carácter sagrado de este poderoso animal astado.
En un principio el toro fue objeto de muerte y captura tanto para su alimento como para su utilidad doméstica. Con el transcurso de los años quedo reducida su caza a la realeza y a las clases privilegiadas.
Disponemos de una referencia datada en 1080 en Ávila donde se celebraron con toros los desposorios de Sancho de Estrada con doña Urraca de Flores y algunos años después en el 1107 también en Ávila con motivo esta vez del enlace de D. Velasco Muñoz con doña Sancha Díaz.
En las Partidas de Alfonso X se habla de hombres profesionales en la lidia y muerte del toro, y son numerosas las referencias de funciones reales en que aparece como espectáculo principal la lucha y muerte del toro.
En general la dinastía española de los Austria fue proclive cuando no entusiasta de las corridas de toros.
Quizás fue Felipe IV el mas aficionado de todos ellos, pero no debemos de olvidar a nuestro Emperador Carlos V que procediendo de una cultura ajena al toro debió de enamorarse del espectáculo cuando vio por primera vez una corrida de toros en Llanes (Asturias) en 1517 pocos días después de desembarcar por primera vez en tierras españolas.
Algo debió de remover su instinto cazador y guerrero o fueron sus genes maternos porque es conocido que no solo presenció sino participó en espectáculos taurinos en Valladolid en las fiestas que siguieron al nacimiento de su hijo Felipe.
Laurent Vital el cronista flamenco que le acompañó en el primer viaje a España hizo una descripción épica de la corrida que los llaniscos asturianos le ofrecieron en su breve estancia en esta villa marinera.
Aunque recuerdo haber trascrito ya esa crónica hace unos años en otro artículo sobre la jornada en Llanes del Emperador, creo que por su interés y fuerza literaria podríamos volver a transcribir, ya que aunque no comenta nada el cronista sobre el asunto es evidente que debió de impresionar y sin duda gustar al joven Carlos el espectáculo, siendo este desde entonces un defensor de tan caballeresco y esforzado encuentro entre hombre y bestia.
Es curioso, que la sillería del coro de la iglesia del Monasterio de Yuste, su última y voluntaria morada, tenga espléndidos gravados en relieve de toros. En uno de los relieves aparece un gayumbo o toro enmaromado, y en otro podemos ver a dos hombres lidiando un toro, uno de ellos portando una espada y un escudo, mientras el otro sostiene la capa y una especie de flecha de las que se encuentran varias sobre el lomo del bóvido, ¿tendría algo que ver el Emperador en ello?.
Así escribía su crónica taurina Laurent Vital en 1517:
“Por la tarde y después de vísperas, fue Su Majestad a ver la corrida de toros, que proporcionó gran diversión por que los toros eran fieros y malos como ellos solos, según lo demostraron cuando ya estaban excitados, hiriendo a muchas personas, entre las cuales hubo un hombre en peligro de muerte. Para daros a conocer lo que es este juego, se escoge una plaza grande y espaciosa para ver mejor la corrida, cuyo sitio se encierra para seguridad de los espectadores, y preservarlos de los peligros que pudieran acontecerles, como también evitar que nadie entre en el cercado que no sea de la cuadrilla, la cual se compone de un número de mozos valientes, a pie y a cuerpo para poder correr mejor y defenderse de la fiera, llevando cada cual en la mano su correspondiente chafarote. Luego, y cuando ya están preparados, se hace salir un toro y que entre en la plaza, y como se asombra de ver tanta gente por todos lados, por que a donde quiera que va se encuentra con el paso cerrado, entonces, para mas incitarle los toreros, les tiran unos palos de diez pies de largo que tienen en la punta un pincho de hierro afilado como el de una lezna. Cuando los toros se sienten heridos por las picas que les han puesto, y perseguidos por los gritos de todos lados, se enfurecen de tal modo, que destrozarían una persona si llegase a alcanzarla, así braman y corren enfurecidos por los fuertes pinchazos que la cuadrilla les da, y sus picas a la vez que les cuelgan de la piel, y la hieren cada vez mas, cuanto mas corren, y se da a correr, detrás de uno de los chicos, en que se ha fijado para envestirle, y el cual no sabe como escapar; tan rudamente le persigue la fiera. Entonces cuando sus compañeros ven que empieza a fatigarse, persiguen todos al toro, dándole tajos con las espadas, de suerte que el animal se ve obligado a dejar su presa para perseguir a otros, viéndose con frecuencia que algunos se echan al suelo para evitar el encontronazo y tal vez la cornada, cuando de otro modo no les es posible escapar. Y cuando el animal les ha corrido un buen rato, y ellos han dado bastante entretenimiento a los espectadores, de miedo de que la bestia no hiera malamente o mate a alguno de la cuadrilla, le cortan los jarretes con sus chafarotes, con lo cual el toro se ve obligado a arrastrarse, y por último a echarse por no poderse tener ya sobre sus piernas, matándole después y arrastrándole fuera para repetir la fiesta con otro toro, y ver cual era el peor de la ganadería o el que había dado mas juego. Así como lo habéis oído, tienen lugar las corridas de Toros”.
Todavía no se puede en esta época hablar auténticamente de arte de la lidia siendo mas un juego sin otra finalidad que la diversión peligrosa, pero poco a poco va evolucionando el espectáculo adquiriéndose complejidad y estética y evolucionando el toreo caballeresco con la muerte a lanza hacia el mas refinado toreo con rejoneo a caballo volviéndose a la monta tradicional española a la gineta frente a la estradiota que era la habitual en la suerte del aleanceamiento a la espera de la acometida del toro, que inventó D. Pero Ponce de León hijo del marqués de Zahara.
Como decíamos anteriormente el Emperador Carlos V participó en Valladolid en tan bizarro como peligroso lance.
Así nos cuenta Fray Prudencio de Sandoval que “fue tal el número de caballeros que entraron en la plaza que porque no podían siendo tantos salir los toros, mandó el Emperador que todos se pusieran en ala y que ninguno se menease si el toro no viniese a embestir con el. Y así se repartieron en dos partes en hilera, hombro con hombro, y él que quería dar lanzada, salíase un poco de los otros. El emperador dio una buena lanzada; otros también se quisieron señalar”.
Al parecer no fue esta la última vez que salto a la arena a lidiar un toro. El licenciado D. Luis Zapata nos relata lo siguiente “era un toro grande y negro como un cuervo y se llamaba Mahoma. Yo lo vi; ya se puede ver la expectación que habría de ver entrar en campo con una bestia fiera al Emperador de los cristianos; y aunque era bravísimo el toro no le quiso, sino junto a San Francisco se estaba quedo, parado, bufando y escarbando. Entonces llegó D. Pedro Vélez de Guevara, un caballero viejo, gran maestro de aquel arte y dijo: así le había vuestra majestad de llamar para que entrara, y dijo el emperador: id vos y veamos como hacéis.
Fue a él D. Pedro Vélez; parte contra él luego el toro y derríbale y échale fuera las tripas a su caballo, y vuelve a pié muy corrido al Emperador que le dijo: esa lección D. Pero yo no la pienso tomar, si a Dios place. Torna el caballo a volverse a su puesto como antes y como no venía a él, parte para él el Emperador, y dale por el cerviguillo una lanzada de lo que cayó luego muerto enclavado con la lanza”.
Vemos pues que el Emperador no solo holgó sino participó de tan hispánica fiesta a la que Francisco de Goya defendió y Melchor Gaspar de Jovellanos denigró y a la que mantendremos o no según quiera el sentir colectivo de la ciudadanía.
Los carteles que anuncian el festejo suelen siempre decir desde hace un buen número de años” se celebrará la corrida, si el tiempo no lo impide y con permiso de la autoridad”.
Que sea esa autoridad quien permita o no el espectáculo si así lo quiere el sentir general y democrático de los españoles, pero sería doloroso que la supresión nos viniera de parte de cuatro, cuarenta o cuarenta mil pacatos extranjeros ajenos a nuestras tradiciones que presionando a las autoridades comunitarias, nos hagan perder una de nuestras mas señaladas muestras identitarias del carácter alegre, audaz y festivo del ciudadano hispánico y mediterráneo.| < Prev | Próximo > |
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