Existen profesionales del crucero. Que Dios los confunda a todos. No he conocido una manera mas gregaria, lanar y bovina que el desplazamiento turístico y tumultuario en crucero de vacaciones. Los ciudadanos que viajan, si eso es llamarlo viajar, porque sonaría ofensivo llamarlo así a los oídos de un auténtico viajero. Yo simplemente lo llamaría “turistear”.






Cuando en la cinta número nueve de la terminal cuatro de Barajas esperando las maletas, nos despedíamos cruzando tarjetas y correos electrónicos con un sinfín de emotivos y cariñosos abrazos y sinceros deseos de vernos pronto de nuevo nuestro entrañable presidente me encomendó “manu militari” que hiciese una breve crónica del viaje que finalizaba, sinceramente acepté encantado, aún sabiendo la responsabilidad que entrañaba tal encargo.
Siempre he pensado que si hubiese conocido de joven los libros de viajes de Javier Reverte hubiese estudiado, leído y viajado, mucho más en mi vida. Son tan estimulantes sus libros tan acertados sus comentarios, tan interesantes sus descripciones y conversaciones con las personas que va conociendo en sus viajes, y es tal el conocimiento profundo y ameno de la historia de los lugares que visita que es imposible no aprender a la vez que transportarte con la imaginación a lugares lejanos envidiándole en mi caso un poco, por no poder vivir como él en primera persona tan magnificas y extraordinarias experiencias.
Muchos pensamientos en turbonada me asediaban cuando embarcaba con la compañía TAP en vuelo regular a Lisboa para desde allí continuar el viaje hasta Ponta Delgada en la isla de Sao Miguel en las Azores.
Dicen que en Aragón hay una cosa que nunca debes hacer y dos que es obligado hacerlo.
Leí en cierta ocasión que la autoconciencia de las limitaciones de la vida humana puede producir un efecto contrario al pesimismo: el deseo de obtener el máximo provecho de cuanto nos pudiera deparar el presente.
1.300.000.000 personas o 1.300 millones de personas o mil trescientos millones de personas. No es más que una cifra. Todos la conocemos y la decimos de vez en cuando, con mucha facilidad y un poco a la ligera, “En China hay 1300 millones de personas”.
