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Descendiendo el Deva

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descenso del DevaSiempre he pensado que si hubiese conocido de joven los libros de viajes de Javier Reverte hubiese estudiado, leído y viajado, mucho más en mi vida. Son tan estimulantes sus libros tan acertados sus comentarios, tan interesantes sus descripciones y conversaciones con las personas que va conociendo en sus viajes, y es tal el conocimiento profundo y ameno de la historia de los lugares que visita que es imposible no aprender a la vez que transportarte con la imaginación a lugares lejanos envidiándole en mi caso un poco, por no poder vivir como él en primera persona tan magnificas y extraordinarias experiencias.

Lamenté muchísimo la enfermedad que a punto estuvo de costarle la vida descendiendo el río Amazonas. Una malaria en su peor versión, la del cabrón Falciparum, como nos relata en su libro el Río de la perdición le hizo estar durante días entre la vida y la muerte y a punto estuvo de no lograrlo.

Afortunadamente no solo salió adelante sino que consiguió escribir un extraordinario relato sobre el horror, la bondad y la magia del río más caudaloso del mundo.Los que han padecido el paludismo o malaria que de las dos maneras se llama esa terrible plaga que transmite la hembra del mosquito Anopheles, saben que aún venciendo la enfermedad se producen recidivas más o menos violentas que te amargan y restan calidad a tu vida.

Pensé que tristemente podría llegar a ocurrirle esto e impedirle seguir viajando de la manera que él lo hace, escribiendo nuevos y maravillosos libros de lugares increíbles.

Pero gracias a Dios no fue así y después de algunos años en que sin llegar nunca a estar en dique seco literariamente hablando - pues ha publicado que yo sepa en este tiempo dos buenas novelas-, volvió a sorprendernos con un nuevo libro de viajes. Debo reconocer que para mí su gran talento no radica tanto en escribir novela o poesía que también ha publicado algún que otro buen libro de poemas, sino que su fuerte, su extraordinario talento es el de comunicar ilusión por la vida a través de sus libros de viajes incitando a leer, a escribir y viajar en definitiva a vivir.

Como él ha dicho en alguno de sus libros “tal vez viajar sea una carrera contra la vejez y la muerte.”

Su último libro publicado después del Río de la perdición, donde como hemos comentado enfermó ha sido el Río de la luz, un apasionante viaje desde Vancouver en la Columbia británica Canadiense, hasta el Klomdike tributario del río Yukón en Alaska, cercano a los Territorios del Noroeste en Canadá.

En él nos relata el Gold Rush, la quimera, la fiebre del oro, que hizo que se desplazaran aventureros como Jack London, junto a mas de cien mil personas en busca de fortuna y aventuras. Alguno se preguntará que tiene que ver esto con el río asturiano Deva, que no el vasco del mismo nombre. Es verdad pero todo a su tiempo.

Javier Reverte, que no el otro Reverte, Arturo Pérez, autor díscolo y montaraz al que también admiro aunque por otras razones, a sus sesenta y cinco años que cumple precisamente descendiendo el Yukón en canoa con su terrible carga de cuatro años de recuperación del regalo del Anopheles, se enfrenta con un río gélido y traicionero con importantes rápidos como los Five fingers, donde vuelca, haciendo el recorrido en trece días, durmiendo entre osos desde las localidades de Whitehorse a Dawson city.

Dice Javier en su libro, “un río me había convertido en un pusilámine deprimido y otro cuatro años después me devolvía la alegría de vivir”. Honor al esfuerzo, la voluntad y el ansia de aventura.

Fue tal el entusiasmo que me produjo el libro, regalo de navidad, que lo devoré en menos de cuarenta y ocho horas, sintiendo una llamada casi infantil, evidentemente no a emularlo, que sería absurdo por mi parte, pero si a desear sentir un remo en la mano y una frágil embarcación bajo mis pies.

Mes de diciembre, Madrid. ¿Dónde podría yo remar que no fuese en el Retino o la Casa de campo? ¿Dónde podría yo en pleno invierno encontrar un río en España en que pudiese sentir una mínima sensación de libertad y contacto con la naturaleza y más difícil todavía a que loco como yo podría arrastrar para que me acompañase en las fiestas familiares de Navidad y con el tiempo de lluvia, frió y nieve que estábamos atravesando.

No me desanimé, busque en Internet y solo encontré dos lugares que en invierno organizaban descensos, uno era en el alto Tajo y el otro en Asturias en el Deva. En el Pirineo aragonés y catalán había algunas empresas que ofrecían bajar aguas bravas, pero en zodiac con timonel profesional y con mas gente. No era eso lo que yo buscaba.

Lo que me sorprendió fue encontrar  tan pronto alguien que me acompañase en la aventura y ese fue uno de mis cuñados, un alto ejecutivo de la compañía automovilística Mercedes Benz, casi tan loco como yo aunque mas joven y también quizás con mas necesidad de emociones fuertes para olvidar con ello estos momentos tan desgraciados de paro y crisis económica, que de alguna manera afecta también a su empresa.

La elección por la opción asturiana fue fácil al asegurarnos el descenso “hiciese el tiempo que fuese”,la empresa con la que contacté, a diferencia de la del Tajo, amén de disponer de alojamiento familiar, y por tanto gratis en Llanes, villa ésta cerca del emplazamiento de salida que no era otro que Panes, lindando ya casi con Cantabria.

Y allí nos dirigimos saliendo de Madrid con un tiempo de perros a descender el río Deva en el tramo de Panes a Unquera, catorce kilómetros de aguas poco profundas, frías como no puede ser de otra manera a estas alturas del año, y con algún que otro rápido de esos que te hace subir la tensión en grados.

Este río técnicamente no ofrece la menos dificultad, siendo navegado por familias con chavales durante todos los días del verano. La novedad estaba en la época elegida para el descenso. A igual que una misma montaña ofrece diversas dificultades según que cara se ataque, los ríos cambian según la época del año y ésta no era precisamente de luces.

Siempre he pensando que las cosas no merecen al pena si no ofrecen una cierta dificultad, y ésta viene medida por quien y en que circunstancias se enfrenten. La ascensión del Kilimanjaro por mi amigo invidente Javier del Hoyo, tiene a mi modo de ver mucho mas mérito e interés que la ascensión al Everest por el vasco Oyarzabal.

La dificultad así pues es subjetiva y no es igual para según quien. A mi edad y preparación física al igual que tal vez el Yukón para Javier Reverte pueden suponer un reto personal y una razonable prueba deportiva.

Así pues nos citamos con Eugenio un cantabro alto y fuertazo que tras darnos unas nociones básicas de cómo manejar el remo y que debíamos hacer caso de volcar, nos acompaño a un contenedor guardarropa donde nos embutimos nunca mejor dicho un traje de neopreno de 7 mm y nos mostró el que iba  a ser nuestro vehículo de descenso, una piragua tipo canadiense sin apenas respaldo en las que a duras penas cabíamos Carlos y yo junto a un bidón de plástico estanco de buen tamaño en el que metimos algo de ropa seca, agua, un bocadillo y una manzana.

Recuerdo que el día no apuntaba a gloria, hacia un frío luterano y hereje, el cielo totalmente encapotado y una ligera niebla, pero al menos no llovía. El comienzo no pudo empezar peor, y a poco mas de cien metros de la salida y en el primer rápido debimos cogerlo tan descoordinadamente que zozobramos  cayendo al agua y sintiendo aun llevar el traje isotérmico un flujo frío y húmedo que nos acompañó ya toda la travesía.

Tras salir como pudimos del pozo que tras un rápido siempre se forma y dejarnos llevar por la corriente unos metros hasta hacer orilla, recuperamos los remos y la piragua dejando eso si sin recuperar al menos durante un buen rato el amor propio tras el bochornoso comienzo.

Pero todo se aprende, y vaya si aprendimos rápido por la cuenta que nos traía. Nos vino a explicar Eugenio como debíamos haber actuado y lo que es mas útil lo que nunca debimos de haber hecho. Claro que eso es fácil de decir pero todo transcurre tan rápido que no te da tiempo a pensar, tienes que actuar en automático y nosotros carecíamos de esa experiencia.

Con un frío que ya de luterano pasaba a ser anabaptista continuamos el descenso. No hay prenda mejor para soportar el frío que el no parar de moverse y eso fue lo que hicimos.

Como dos conejitos de duracel empezamos a remar hasta que los hombros, las manos y la espalda como ascuas no se quejaban del frío pero si comenzaban a hacerlo de agotamiento. A partir de ahí fue todo mejor con un dolor permanente pero soportable continuamos el descenso empezando entonces a percibir la belleza del entorno.

Estábamos solos, todo el río era nuestro, fue entonces cuando Eugenio nos comentó que haríamos el recorrido totalmente solos, puesto que rara vez le contrataban sus servicios en esta época del año y que solo había aceptado el encargo porque la crisis también a el le afectaba y tenia facturas que pagar.

Bueno en realidad algo parecido era lo que íbamos buscando ¿o tal vez no?. El hacer el cabra y coger un día así, tiene su lado bueno. El silencio solo vulnerado por nuestros propios ruidos hizo que todo el trayecto fuese un continuó empujar a decenas de patos y garzas que huían despavoridos para volver a posarse nuevamente una vez habíamos pasados.

Qué espectáculo, bien merecía la pena el frío y la incomodidad si ello nos permitía un contacto tan directo con tantas y bellas aves. Distinguimos a varios martín pescador, lanzándose como flechas sobre el agua, vimos cientos de gaviotas y otras aves parecidas, que sé yo talvez albatros o alcatraces,todo un espectáculo de color en movimiento, con ruidos animales que sonaban a muchos decibelios aumentados éstos en un silencio de sepulcro.

Ahora si todo cobraba sentido, el sacrificio, la incomodidad, el dolor y el frío, todo había compensado, todo había merecido la pena tan solo por poder estar allí unos minutos sintiendo y viendo este espectáculo de vida salvaje.

Volví a pensar y a reafirmarme en lo que yo ya sabia que solo merecen la pena aquellas cosas que cuestan esfuerzo. Sin duda valoras mas todo aquello que la mayoría de las personas aunque pueden no están dispuestas a hacer, porque supone algo de trabajo, riesgo e incomodidad.

Desde que se popularizaron en España los vehículos 4x4 te encuentras auténticos cenutrios, cagamadurrias y domingueros de mierda en lugares antes solo accesibles para personas que haciendo de su vida milicia se esfuerzan por obtener recompensa a su esfuerzo.

Que Dios los confunda a todos al menos pensaba que aquel río y aquel momento no lo disfrutarían como yo lo estaba haciendo, allí no se podía navegar a motor así que como dice ese dicho soez y ordinario pero autentico “el que quiera mejillones que se moje los cojones...”.

Conforme nos aproximábamos a la desembocadura y empezaban a divisarse casas, iban desapareciendo todos esos hermosos pájaros que nos acompañaron durante el descenso. La magia desapareció de repente e incluso la marea que estaba en ese momento subiendo nos dificultó un poco la marcha exigiéndonos aumentar el ritmo de la palada.

Justo y razonable pago por tanta belleza contemplada. Sólo cuando nos recogieron para subir de nuevo a Panes a recoger nuestras cosas empezamos a sentir la autentica mordida del frío puesto que hasta ese momento habíamos estado casi narcotizados por la intensidad de los sentimientos, de lo que habíamos visto y gozado.

Me venia a la memoria y me reconfortaban unas palabras que recordaba del Quijote. ¿Por ventura es asunto vano el que se gasta en andar por el mundo, no buscando el regalo de él, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad?.

Al final una buena fabada acompañada de un buen vino de Somontano terminó por arreglarnos el cuerpo y el alma y la guinda fue el acudir por la tarde a un Spa en un nuevo hotel en Llanes dónde disfrutamos de un placido circuito termal. Coño, nos lo habíamos ganado, habíamos hecho los deberes y habíamos aprobado.

Pensamos que tal vez había llegado el momento en que podíamos ablandar un poco, eso si, sólo un poco carnes y espíritu. Y al día siguiente a Madrid.

 

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JOSÉ GIMÉNEZ DEL PUEBLO

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