Cuando en la cinta número nueve de la terminal cuatro de Barajas esperando las maletas, nos despedíamos cruzando tarjetas y correos electrónicos con un sinfín de emotivos y cariñosos abrazos y sinceros deseos de vernos pronto de nuevo nuestro entrañable presidente me encomendó “manu militari” que hiciese una breve crónica del viaje que finalizaba, sinceramente acepté encantado, aún sabiendo la responsabilidad que entrañaba tal encargo.
Supe de inmediato que debía ponerme a ello a la mayor brevedad posible, porque obviamente no había tomado ninguna nota en todo el largo trayecto y debía solo servirme de mi menguada y precaria memoria de soldado ya viejo y estropeado.
Ardua pero ilusionante tarea tenía por delante para relatar un largo e intenso viaje por Centroeuropa en la que como titulo estas líneas fuimos todos, en alguna forma embajadores de nuestra querida Real Asociación ante muy distintas autoridades de los diversos países europeos que visitamos.
Creo poder decir sin equivocarme que pocos de los componentes de la expedición sabíamos a ciencia cierta cuando nos reunimos en la terminal T4 de Barajas la nublada mañana del día 26 de marzo, la importante misión que estábamos a punto de comenzar.
Por primera vez, se iba a visitar cuatro países con encuentros institucionales de cierta relevancia en casi todos ellos.
En primer lugar íbamos a hermanarnos con otra histórica asociación con valores e intereses afines a los nuestros, que tomaba el nombre de la muy querida hermana que merced a una muy pronta viudez dedicó su vida a servir con lealtad y eficacia los intereses del Emperador en los Países Bajos. La Orden de María de Hungría con la que al día de hoy estamos unidos como lo estuvieron Carlos y María de Austria, es una Orden muy antigua y respetada en Bélgica que se remonta al año del señor de 1549, cuando en las fiestas de agosto en la entonces villa de Binche en el sur de Flandes se creó, jurando sobre unas plumas de avestruz símbolo de una lejana tradición.
Su compromiso ya entonces como lo es hoy, no es otro que defender la memoria de María de Austria, viuda de Luis II rey de Hungría y Bohemia, así como del patrimonio, tradiciones y privilegios de la ciudad de Binche.
Así pues, 25 damas y caballeros de la Real Asociación del Monasterio de Yuste con su Presidente al frente Monseñor D. Clemente Martín Muñoz
embarcamos en el vuelo IB 3202, con destino a Bruselas, con la alegría e ilusión que todo viaje siempre despierta, junto a la expectación añadida de visitar algunas de las ciudades que tanto representaron, previo a su reclusión voluntaria en Yuste, a la figura de nuestro Emperador Carlos V.
Así llegamos a Bruselas, donde se nos unieron dos amigos más, completándose así el número final de 27, los miembros de nuestra Real Asociación que iniciamos y concluimos nuestro viaje medio lúdico y medio diplomático por los extensos territorios patrimoniales de los Habsburgo en Centroeuropa.
El comienzo no pudo ser más intenso y emotivo así, tras descansar breves momentos en el primer hotel de una serie de confortables establecimientos en que nos alojamos durante los diez días siguientes, y con la formalidad en el vestir que nos era obligada, detentando y luciendo con orgullo nuestras insignias corporativas de la Real Asociación, nos dirigimos a la ciudad de Binche, situada a algo menos de 100 Km. al sur de la ciudad de Bruselas.
La recepción que se nos ofreció en Binche, creo que no se nos olvidará en muchos años. Fue lo que en francés llamaríamos “joyeuse entreé” y en flamenco “Een blijde inkomst”, es decir una buena y cálida acogida.
La entrada al histórico edificio del Ayuntamiento lo hicimos franqueados por una guardia armada con espada y lanza todos ellos protegidos con armadura y casco y, al son de una gaita escocesa (al parecer la guardia personal de María de Hungría procedía de esas Tierras Altas), no podía por menos que transportarte conforme ibas subiendo las recias y enceradas escaleras que te llevaban a la gran sala noble de audiencias, al mismísimo siglo XVI.
Allí nos esperaba le Grand Chancelier de la Orden, el excelentísimo señor Maurice Davoine, junto al alcalde de la localidad y un nutrido séquito de hombres y mujeres todos ellos vestidos de época, que nos saludaban y daban la bienvenida como hermanos que vienen de otras tierras alejadas pero afines.
Bellas palabras de presentación, de amistad y fraternidad fueron cruzadas entre nuestro presidente y las personalidades y autoridades locales, con intercambio de regalos, creándose según iba pasando el tiempo una atmósfera pretrentina y renacentista repleta de cordialidad y simpatía.
Allí se encontraban representadas otras muchas entidades y asociaciones culturales así mismo luciendo galas del siglo XVI, como la Stichting Keizer Kasel Gent, la fundación del Emperador Carlos V de Gante, con su secretario general Jan Ramaekers al frente, quien me contó personalmente que esta organización había sido creada en 1970 fijándose sus objetivos en el fomento de estudios y manifestaciones históricas, culturales y literarias sobre la época de Carlos V y principalmente “voornamelijk in de Nederlanden en in het Gentse in het bijzonder”, es decir sobre su reinado en los Países Bajos y en concreto sobre la región de Gante.
Al final de la recepción oficial fuimos agasajados con un vino en el que no faltaron las tradicionales salchichas y los exquisitos dulces belgas.
No podíamos haber tenido mejor recibimiento en unas tierras en que todavía lo español sigue siendo recordado con respeto cariño y simpatía.
El día siguiente lo dedicamos a visitar dos importantes ciudades que recuerdan en cada esquina la figura del Emperador, simbolizando al mismo
tiempo el pensamiento erasmista y europeo, con sus conflictos de reforma y contrarreforma pero siempre dentro de una cultura y tradición cristiana.
Bélgica nos muestra un ejemplo de cómo dos comunidades con idiomas y costumbres diferentes, francófonos valones al sur y, flamencos al norte conviven en armonía, no sin ciertas tensiones como no podía ser menos, pero sin odio ni sangre, sino con espíritu franco y abierto al diálogo, a la comprensión y al respeto mutuo.
Visitamos en Gante la iglesia de San Babón, patrón de la ciudad, con sus extraordinarios tesoros ocultos como los cuadros góticos de los hermanos Van Eyck, ciudadanos insignes de la ciudad o el imponente cuadro de Rubens, sin olvidar el más impresionante púlpito barroco que personalmente haya visto en ningún lugar.
La ciudad hanseática de Brujas, la llamada “Venecia del norte” es un pequeño museo vivo al aire libre. La fortuna hizo que esta ciudad sufriera poco en los bombardeos de la segunda guerra mundial mostrándonos hoy día una ciudad de trazado medieval, con calles totalmente empedradas y rebosante de vitalidad, turistas y buen humor.
Aquí tuvimos el privilegio de ser recibidos por la autoridad local en el histórico Salón de los Magistrados, donde nuevamente nuestro Presidente Monseñor D. Clemente Martín Muñoz esta vez traducido por uno de nuestros caballeros, el Coronel de E.M. D. Antonio Jordá, explicó la vocación europeísta de nuestra organización, recordando y resaltando la figura del Emperador como líder de la Universitas Christiana.
Le fueron entregados diversos regalos, destacándole nuestro deseo de prosperidad para la comunidad que dirigía y agradeciendo sus palabras de bienvenida y buenos deseos para nuestra Real Asociación.
Al día siguiente, no sin antes haber visitado la noche anterior en Bruselas la Grand Place y algunos haber degustado los famosos mussels, sentados en sus numerosas terrazas que tamizaban las estrechas calles medievales que confluyen en la mayor plaza gótica de Europa, nos pusimos en camino hacia Lieja, abandonando Bélgica y entrando en el Gran Ducado de Luxemburgo.
El tiempo que hasta entonces había sido primaveral tornó a cambiar, lloviendo intermitentemente, sin que este contratiempo nos impidiera visitar el cementerio americano en el que descansan los restos del general Patton junto a sus soldados que murieron frenando el último intento alemán del general Von Guderian de romper el frente en lo que más tarde se llamó la batalla de las Ardenas.
Luxemburgo es una pequeña y elegante ciudad alrededor de un antiguo castillo medieval. Probablemente sea la ciudad con el mayor número de bancos de Europa, tal vez incluso más que las conocidas ciudades bancarias de Zurich y Basilea en Suiza. Creo poder hablar por todos al decir que se trata de una encantadora y cómoda localidad, una auténtica ciudad para vivir.
El tercer país en el que entramos fue Francia en su región de la Alsacia, pero antes de partir hacia su capital, Estrasburgo, fuimos recibidos con la elegancia y buen hacer de la que siempre hace gala nuestra diplomacia, por el embajador español en Luxemburgo D. Miguel Benzo Perea que tuvo la amabilidad de recibirnos en su casa donde Monseñor le explicó la génesis e ideario europeísta de nuestra Real Asociación haciéndole entrega de nuestra metopa así como un detalle a su esposa que organizó con gran eficiencia un desayuno de media mañana para el elevado número de invitados que componíamos el grupo.
Y así llegamos por fin a Alsacia, lugar de enfrentamientos continuos y prolongados entre el mundo franco y el mundo germánico, con su capital Estrasburgo, ciudad europea por todos sus costados y sede de importantes instituciones internacionales y europeas que así mismo visitamos, así como su extraordinaria e inconclusa catedral, con su pasado católico o protestante según que época y, sus maravillosas vidrieras enmarcadas en estilizadas ventanas góticas.
Alsacia nos deparaba una agradable sorpresa y esta no era otra que la degustación de sus generosos caldos blancos.
Nombres de uvas como riesling, pinot, muscat o gewurztraminer, las fuimos conociendo poco a poco siguiendo la llamada ruta del vino.
Pueblos como Ribeauville, Riquewihr o Colmar creo que los recordaremos todos los que allí estuvimos en la forma de casas extremadamente cuidadas gran parte de ellas construidas durante los siglos XVI y XVII, y que al coincidir con la festividad de la Pascua exhibían siguiendo ancestrales tradiciones conejos y huevos delicadamente decorados con un sin fin de colores diversos.
Al día siguiente cruzamos el río Rin, frontera natural entre Francia y Alemania, que merced del tratado Schengen se cruza sin barrera ni control alguno como si nos desplazásemos de una provincia a otra dentro del mismo país.
Heidelberg, sede de uno de los siete electores que elegían al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, nos esperaba con su castillo y su famosa universidad.
Como envidio los ríos centroeuropeos, cualquiera de ellos lleva un caudal doble que nuestro querido río Ebro. En este caso es el Neckar, el que divide la ciudad, como pocos kilómetros más adelante será el Main el que cruce Frankfurt, tributarios ambos del Rin. Würzburg y Rothemburg ob der Tauber, ambas ciudades antiguas y con mucha historia en sus vetustas piedras, fueron algunas de las localidades que visitamos en Alemania siguiendo la llamada Ruta Romántica que finaliza en Nuremberg.
En Rothemburg nos contaron la divertida leyenda del Meistertrunk (trago magistral), donde su alcalde salvó la ciudad en 1631 al superar la prueba que el general Tilly le impuso, la de beber de un solo trago un cántaro de tres litros y cuarto de vino, hazaña que superó y que desde entonces festivamente se rememora en Pentecostés.
Es de admirar como con trabajo, tesón y amor a la tradición y a la historia fueron reconstruyendo los alemanes estas ciudades de la destrucción que padecieron en el conflicto bélico de 1939-1945.
Abandonamos Frankfurt, la ciudad de W. Goethe para dirigirnos por las magnificas y rápidas autopistas alemanas a Colonia, la “Oppidum Ubiorum” romana, construida por el ejercito romano como asentamiento de las legiones que defendían el Imperio en el limes del Rin, no sin antes disfrutar de un par de horas en barco fluvial navegando el río por el romántico valle del Lorelay, nombre mítico este de sirena, que como a Ulises en la Odisea tentaban a los barqueros que navegaban el río con sus bellas y seductoras canciones.
Aquí disfrutamos bebiendo unas buenas jarras de cerveza Früh, o en su caso vino Riesling, la uva más popular que se cultiva en las empinadas laderas del río, fotografiando los vetustos castillos que lo jalonan, muchos de ellos hoy convertidos en lujosos hoteles con encanto.
Otra ciudad que nos esperaba era Aachen o Aquisgrán, la gran capital de Carlomagno. Esta ciudad es otro de los lugares que nos recuerdan al Emperador en muchos de sus rincones aunque es la gran figura de Carlomagno la que preside la ciudad desde su tumba en la catedral.
Aquí tuvimos también el honor de ser recibidos por las autoridades locales, siendo presentados por nuestro caballero de Yuste el Coronel alemán D. Franz Thiele, quien sirvió de interprete en la recepción que nos dio su edil y que previamente la noche anterior nos documentó ampliamente sobre el antiguo origen de la ciudad de Aachen y la colosal figura de Carlomagno, al que podemos llamar sin el menor reparo el padre de Europa.
El Alcalde tras darnos la bienvenida y hacernos la foto de familia con él, nos ofreció refrescos y un aceptable vino de la zona en el histórico Salón Blanco del Rathau, y nos acompañó a ver las reliquias y armas de la sala Carlomagno donde se entregan los prestigiosos premios de ese nombre y que con satisfacción y orgullo ostenta nuestro rey D. Juan Carlos.
De regreso a Colonia pudimos ver con mas tiempo su impresionante catedral con las famosas reliquias de los reyes magos, admirando con detenimiento sus magníficas vidrieras muchas de ellas originales que de milagro lograron sobrevivir a los intensos bombardeos que sufrió la ciudad en la segunda guerra mundial.
Como no podía ser menos visitamos aquí como buenos turistas la otra “pequeña catedral de Colonia” la Glockengasse, sede de la fabricación de la mundialmente conocida agua de colonia número 4711.
Y llegamos al final del viaje, Dusseddorf la última ciudad alemana que visitamos, localidad natal del gran poeta romántico Heine, célebre ciudad por sus pasarelas de moda así como por ser las oficinas de la industriosa zona siderometalúrgica de la cuenca del Ruhr.
Aquí si que nos cambio el tiempo, la visita la hicimos con un frío hereje y luterano, pero que a esas alturas del viaje ya ni el frío ni la lluvia podía estropeárnoslo.
El calor de la amistad y la buena acogida que tuvimos en todos los lugares que visitamos permaneció con nosotros hasta el final, en que en el vuelo IB 3507, del día 5 de abril nos despedimos de Alemania regresando con un buen número de fotos en nuestras cámaras y otras tantas impresiones en nuestras retinas y en nuestros corazones, pensando ya en el próximo viaje en que nuevamente nos transformaremos en embajadores de los valores europeos y cristianos que Yuste representa. Que Dios quiera sea pronto.
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