Ya no se canta, o al menos creo que no como antes. Observo desde mi pobre atalaya que los jóvenes desde luego cuando salen a divertirse no entra entre sus preferencias el sentarse ante unas buenas jarras de vino o cervezas y acompañados o no de un instrumento musical cantar, sí cantar lo que te venga en gana, o mejor lo que te sepas. puedas seguir articulando palabras y no solo tatareando el estribillo, que también. Creo que si, que no me equivoco al decir que ya no se canta como antes. Donde habrán ido a parar aquellos peñotes de amiguetes que al son de una guitarra medio afinada que siempre traía alguien cantaban a grito pelado durante largas horas boleros, habaneras, canciones de tuna, baladas o el pop del momento arrancándose con el último trago de vino con las vacas del pueblo, Islas Canarias o el Asturias patria querida.
Que divertido y que barato era pasar un buen rato entonces.
Ahora observo que no, ya los jóvenes por supuesto, pero tampoco aquellos que un día lo fuimos cantamos. Por eso recuerdo con tanto agrado cuando hace unas semanas un grupo de amigos y compañeros de la Once, unidos en principio por el amor a la literatura mas bien oída que visualizada en papel, nos reunimos en el restaurante gallego Rías Baixas, marco este adecuado que elegimos para finalizar nuestro año literario cantando como mandingas, todo aquello que aprendimos y disfrutamos cuando éramos mas jóvenes.
Que divertido cantar sin estúpidos complejos de hacerlo bien o mal. Si algo tiene de bueno cantar estas canciones tabernarias debe ser el que te importe una higa hacerlo mal porque entre tanta voz y entusiasmo la armonía musical es lo de menos, siendo lo importante el participar en la algarada colectiva, y disfrutar del puntín que te proporciona una buena jarra de vino o cerveza.
Así que, menos discoteca, menos botellón, menos droga por supuesto y mas canciones compartidas con música de toda la vida.
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